Año I

Me enteré del accidente del tren de Santiago en el aeropuerto de Barajas, bien entrada la noche del 24. Estaba a punto de entrar en el avión que me llevaría de Madrid a la Ciudad de México que es hoy mi casa, aunque entonces solo fuera una aventura con muchas incertidumbres y muy pocas certezas.

No le dije nada a Elena, pensando que no era la noticia más tranquilizadora que comentar en esos instantes previos a un vuelo transoceánico.

Luego, durante doce o quince horas, lo olvidé, como olvidamos tantas tragedias que no nos afectan: no tanto por cinismo como por cotidianidad.

Y cuando ya había procesado el accidente -qué putada, qué mierda, coño-, la bomba en forma de tuits que no quería creer primero; luego como whatsapps de confirmación. Dick iba en el tren. Se nos había ido Juanan. “No me digas eso, por dios”. “¿Está confirmado?”.

Abracé a Elena: lloraba. Yo también, creo. No lo recuerdo bien. Todo tenía un filtro de irrealidad en mi visión alterada por el jet lag y los dos mil metros de altitud en una ciudad inabarcable que entonces no podía sentir más ajena.

Hace un año que Dick se fue. De él tengo muchas cosas que decir, pero ya las han dicho otros mucho mejor de lo que yo pueda hacerlo. Y, sobre todo, las dijo él. Las dejó dichas en Tuiter, en Fans, en Karusito. Todos las habéis leído.

Algunos tuvimos, además, la suerte de conocerle, aunque fuera solo un poco.

Y no nos olvidamos.

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